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"LLORAR
ABRAZOS" |
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Periodista y Jefa de Prensa de la Embajada de México en España (2005) |
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| Ni siquiera recordaba cuánto
tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos, al menos así de cerca.
Por ello me sorprendió que tan de golpe, casi a manera de saludo, me lo
confesara: —desde que me acerqué a los cincuenta me entra una urgencia tremenda
de llorar sin causa—, me dijo. Luego me explicó —con la manía suya de
contabilizarlo todo— que por lo menos dos veces a la semana le dan ganas de
llorar cuando amanece y dos más al atardecer. El colmo es cuando escucha o lee
los noticieros o cuando simplemente se sienta en la banca de algún parque a ver
pasar al tiempo. Podría llorar dos horas 30 minutos seguidas, asegura. Pero no lo hace. Dice que prefiere guardarse las lágrimas detrás de los oídos que es donde se acomodan mejor. Las deja a la espera para utilizarlas cuando llorar no sea un sinónimo de soledad. Nos fuimos a tomar un tinto a Juana la Loca, un lugar del madrileño barrio La Latina que según cuentan, se llama así porque ahí vivía una maestra de latín que se convirtió en referencia para ubicar las casas, conventos y tabernas del barrio y que es uno de los bares donde las tapas tienen el privilegio de haber sido creadas con gran dosis de imaginación. O de locura. Quizá por ello Juana la Loca sea un lugar donde casi exclusivamente acuden jóvenes. O gente como Sofía, mi amiga centinela de las lágrimas. Ahí me contó algunos trozos de su vida. Lo primero que me dijo es que a pesar de padecer el mal de querer llorar a cada rato, la vida la tenía contenta. A ratos satisfecha, a ratos no tanto, pero en general bien, me dijo y noté que estaba otra vez conteniendo las ganas de llorar. ¿Cuándo no?, le pregunté. —Cuando me siento la máscara, me dijo. La máscara de piel. Al día siguiente fuimos juntas al concierto que cerró la semana de homenaje al Presidente Lázaro Cárdenas y al exilio español, que tuvo lugar en Madrid. Nos sorprendió ver a tantísima gente esperando a que se abriera la taquilla del Madrid Arena. Pero la sorpresa fue mayor al notar que muchos de ellos eran jóvenes que poco o nada sabían del exilio español en México, ni menos sabían quién fue el General Cárdenas. Por ello pensé que acudían atraídos por los cantantes y actores que participarían en el concierto, aunque no dejó de asombrarme que en Madrid la juventud comparta con sus padres la atracción por artistas de la talla de Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Joaquín Sabina, Víctor Manuel y Ana Belén. Ignoro cuántas de las 10 mil personas que llenaron el teatro conocían a los mexicanos que participaron en esa puesta en escena de una España fundida en México, pero cuando salieron al escenario daba la impresión de que eran tan conocidos como los cantantes, actrices y actores españoles. Algo había esa noche en el Madrid Arena de la Casa de Campo. Algo parecido a un deseo compartido. O a una naranja recién desgajada. Astrid Haddad y Joaquín Sabina enredaron su voz, su mirada y su risa en “Las ciudades” de José Alfredo Jiménez que cantaron como si vinieran haciéndolo juntos una vida. Lila Downs y Joan Manuel Serrat, aunque no cantaron juntos, deshilvanaron exacta, la misma reacción entre los asistentes. Nadie pronunció palabra, nadie tosió ni se movió. Apenas un respiro o dos entre estrofa y estrofa. Los Jaguares llegaron a romper el esquema. Pero intensificaron, en cambio, la armonía. El grupo Los Maestros del Folclore Michoacano causaron una excepcional fascinación. Muy pocos de los asistentes, estoy convencida, había visto algo tan dulce y al mismo tiempo tan fuerte. Les aplaudieron lo mismo cuando interpretaron solos que cuando acompañaron a los españoles. Con Ana Belén y Víctor Manuel cantaron los corridos “El 18 de marzo” y “Mi general”. Sobre una enorme pantalla al fondo del escenario, se proyectaron fotografías de los niños de Morelia, de los mexicanos recibiéndolos, del día de la nacionalización del petróleo y de reconocidos españoles exiliados en México. Los actores José Sacristán y Nuria Espert narraron capítulos de la historia de México y leyeron algún poema del español Pedro Garfias sobre la generosidad de los mexicanos. De cuando en cuando, un ¡Gracias México!, con acento español brotaba de las gradas. Nada como este grito dio tanta intensidad a México en toda la noche. Al final cantaron todos juntos. Se rieron, bailaron, se abrazaron. Sofía y una gran parte del público compartieron tantas lágrimas como sonrisas. Y entre el anochecer y la madrugada, la soledad cobró la forma de un abrazo. |
10 de octubre del 2005