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A lo lejos una montaña es nada más un perfil plano, una línea que se recorta en el horizonte. Cuanto mayor es la distancia, más simple es la mirada y, a vista de pájaro, una ciudad es tan sólo una retícula de calles encontradas. Pido perdón por si, de alguna manera, puedo caer en la obviedad o ser víctima de una ilusión óptica en mis apreciaciones, aunque lo cierto es que en las inmensas megápolis erizadas de rascacielos y bloques de viviendas de este nuevo milenio, los edificios te ocultan la verdadera dimensión y proporciones de la ciudad y, a pie de calle, no eres capaz de distinguir ni su geografía, ni sus arterias, ni su forma ni sus límites.
Desde España, sobre todo para los que no conocen México o no lo han vivido más allá de unas inocuas vacaciones en Cancún con aire acondicionado y cocteles Margarita, nuestro país se ha oscurecido terriblemente en los últimos años hasta, paradójicamente, ofrecer una imagen nítida y escalofriante, marcada por el delirio de sangre de la guerra inacabable contra el narcotráfico y el crimen organizado: un Estado en riesgo de desmoronamiento por fallo multiorgánico.
Muy lejos queda esa imagen saludable y vitalista, más bien un espejismo, que proyectaba el país a comienzos del año 2000, saludado por la prensa internacional, junto con Brasil, como los dos grandes modelos de potencial económico, solidez institucional y riqueza cultural de América Latina. A España, desde hace años, sólo nos llegan titulares de nota roja, a medio camino entre el surrealismo y una salvaje sofisticación de la tortura y el dolor difícilmente comparables con lo que sucede en otros lugares. Sólo en 2010, aparecieron en la prensa española 731 notas informativas sobre la inseguridad ciudadana; mil 575 sobre narcotráfico y mil 030 sobre crimen organizado en México. Los fusilamientos colectivos de inmigrantes o los asesinatos selectivos de periodistas palidecen ante los ahorcados que cuelgan de los puentes con los testículos en la boca o las cabezas que ruedan por los muretes de las plazas públicas, acompañados de carteles con sentencias que llevan el humor negro más allá de los confines de la condición humana. Es una suerte de ritual esperpéntico que alcanza la crueldad infinita y, desgraciadamente, parece añadir un rasgo único a lo mexicano, como si en la psicología colectiva de esta nación hubiese algo definitivamente perverso y despiadado.
A la inoperancia y el fracaso de la guerra emprendida contra el narcotráfico, que ya dura más de cuatro años, se une la certeza de percibir que todo, desde la propia economía del país y su tejido empresarial, hasta el entramado institucional, las fuerzas de seguridad y los partidos políticos está contaminado, infiltrado, por ese inmenso flujo de dinero que riega permanentemente la red capilar, los vasos sanguíneos que permiten que el cuerpo social siga respirando, aunque el diagnóstico apunte a que se trata de un enfermo en situación terminal. Y la persecución y ensañamiento con los periodistas y los medios de comunicación consiguen, además, la asfixia informativa, lo que dificulta enormemente la formación de una opinión pública y la reacción de la ciudadanía.
No obstante –y como siempre– la respuesta de la sociedad civil mexicana es vigorosa y espontánea (como lo fue en el terremoto de 1985) y reconforta comprobar la valiente y solidaria reacción de Javier Sicilia al asesinato de su hijo, así como el aplomo y la determinación con la que muchos periodistas y ciudadanos están dispuestos a esquivar el plomo. Sin embargo, no es suficiente.
El principal problema para acabar con el narcotráfico reside en el inmenso mercado estadunidense que proporciona consumidores de droga, por un lado, y un mortífero y sofisticado arsenal de guerra y de sistemas de telecomunicaciones a los cárteles, por el otro.
El segundo problema es extirpar del tejido mercantil y financiero mexicano, sin que se produzca un colapso, toda la actividad económica que genera este enorme negocio, tanto de forma directa como indirecta o derivada, y que es comparable a la masa monetaria que mueve el sector del petróleo en nuestro país.
El tercer problema es el clientelismo político y la corrupción que permean todas las instituciones y que viven a la sombra y al calor de ese reparto de dinero, influencia y poder. Y el cuarto es la superpoblación, el fuerte deterioro medioambiental y las crecientes bolsas de exclusión social que se generan en un tejido empresarial cada vez más tecnificado y con menos necesidad de mano de obra.
En la época de la revolución éramos 13 millones y un siglo después, rebasamos los 113 millones de habitantes. Además, una creciente y nada desdeñable parte de la población se ha convertido en parias desculturizados que abandonan sus tierras y comunidades de origen para emigrar, desorientados, a los suburbios de las grandes ciudades.
Con ser importantes las apelaciones a la moralización de la vida pública, a la regeneración democrática de las instituciones y a la importancia de la educación, lo realmente crucial es conseguir que los de siempre, los de abajo, infinitos más que en la época que describe Mariano Azuela, no se sientan abandonados por el sistema y los valores de la república, y se refugien, para siempre, en la inmediata y atractiva oferta de las fuerzas de lo oscuro: la utilización de niños y adolescentes como sicarios por el narcotráfico es, además de brutal y escalofriante, muy significativa, pues destruye cualquier esperanza en las generaciones futuras.
No sé si hay trabajo para todos los mexicanos pero todos necesitan dinero para sobrevivir día tras día: al que no se le dé mediante políticas sociales y de integración, se lo buscará por el camino más corto: las balas viajan rápido y en línea recta. Y no parece que el PRD esté en condiciones de articular el cambio: cada vez se parece más, internamente, a los otros partidos y menos al modelo de sociedad que, presuntamente, defiende.
Sólo afrontando la situación actual de México como una distopía a punto de consumarse, podrían adoptarse las medidas quirúrgicas necesarias para intentar detener un diagnóstico ciertamente devastador.
La violencia real y concreta que padecemos es un síntoma, un reflejo de los espasmos de un cuerpo social en desintegración.
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