Seamos sinceros, para un mexicano el volumen y el tono de la voz de una gran parte de los españoles puede llegar a ser alto y violento.
No es raro comprobar cómo en cualquier reunión de varias personas el nivel de murmullo que se percibe es bastante alto. En restaurantes, bares, autobuses y sitios cerrados el ruido puede llegar a ser muy molesto y, si a eso le sumamos el hecho de que es costumbre habitual no respetarse el turno de palabra sino hablar por encima del interlocutor, pues ya la situación es caótica.
Acostumbrados a un volumen de voz muy bajo y a un tono muy amable, rayando en lo dulzón, las maneras que se perciben en los españoles pueden resultar muy agresivas y desagradables.
Se asocia equivocadamente el volumen fuerte y unas maneras directas o poco protocolarias, con la falta de educación y la grosería. Sin embargo, a pesar de que uno se pueda topar con individuos así, lo cierto es que el español no es en general ni grosero ni maleducado sino simplemente habla alto y con respuestas rotundas.
Hay que tomar en cuenta que son dos culturas diferentes, dos idiosincrasias y que cada uno defiende lo suyo, porque ¿acaso se habían llegado a plantear que para un español el habla de un mexicano podría resultar cursi o demasiado meloso?
Es cuestión de adaptarse, de no ser susceptibles y de no querer que el resto de las personas actúen como uno está habituado.
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